Mis largos y fríos dedos simplemente no soportaron más el dolor. El dolor de cargar con una historia que no puedo ni quiero cargar. Pero a pesar de ello, debo hacerlo. Es mi destino, es mi camino, para eso fui creado.
Mis largos y fríos días de vida han transcurrido a lo largo de la historia de la humanidad. He visto, he sufrido y he hecho cosas que no quería hacer, pero que debía.
Hoy tantos años después, me encuentro tan solo, tan desamparado y tan triste que mis lagrimas ya no tienen sentido, si es que alguna vez lo tuvieron. Hoy tantas almas después, tanta sangre derramada, me doy cuenta de lo atroz de mi existencia.
Jamás estuve conforme con lo que me toco ser y hacer. Jamás vi en mi futuro el menor atisbo de felicidad, y mucho menos un final. Siempre lejos de todos y cerca del final. Pero no de mi final… sino del suyo.
Mis largos y fríos dedos, que tanta sangre han tocado, comenzaron escribir. Ha contar una historia de dolor, de tormentos, del rumor de la muerte.
Vivir en la oscuridad, en lo siniestro, en el miedo de los humanos. Al final del camino siempre estaba yo…. Aunque así no lo quisiese ni yo, ni ellos. Pero allí estaba.
La historia y la religión me convirtieron en un mounstro que no soy, que no quiero ser. Me convirtieron en aquel que carga en su conciencia con la muerte de miles y miles. Y no cualquier millar de personas. Solo aquellos que debían morir antes de tiempo. Aquellos que no estaban listos para morir. Aquellos a los que les fue quitado el don de la vida, solo por ser diferentes. Aquellos que fueron asesinados por dementes, por enfermos o estupidos. Aquellos que perdieron la vida por la causa de otros. Aquellos que todavía tenían un destino por cumplir. Aquellos millares de almas de las cuales fui el encargado de llevar al lado oscuro, son las mismas almas que me atormentan cada noche de mi vida…..Vida….
Creo no tener vida, porque todo ser vivo, ha de morir. Y yo, no poseo tal hermosa cualidad. Ni muero, ni vivo. Solo estoy encerrado en este tiempo sin relojes que se marca por las almas muertas, por los gritos, los sollozos, y la sangre derramada en vano. Mi tiempo, mi eternidad y todos mis recuerdos esta cubiertos de un hedor espantoso. Un hedor de muerte. Cada vez que inspiro, solo siento ese fétido aroma. Cada vez que cierro mis ojos veo miles y miles de ánimas rogando por el perdón y por la oportunidad de ser libres. Pero….
Libertad. La anhelada libertad. Los seres libres pueden elegir, pueden tomar sus propias decisiones, incluso su esa decisión es la estupida solución suicida. Solución cobarde pero al fin una solución. Una salida de ese mundo en el que sufren los tormentos de una realidad que los agobia… pero ¿que saben de lo agobiante? ¿Cuanto pueden haber padecido en sus cortas vidas? ¿Cuántas animas llevan a cuestas? ¿Cuánta sangre derramaron?
Dudo que al cerrar los ojos vean miles de almas sollozando. Gritando por escapar de ese lúgubre y espantoso lugar donde llegan las almas muertas en vano. Donde las almas quedan atrapadas entre el mundo terrenal y el mas allá. Un lugar gris, oscuro, frío, infinito.
Cada vez que cierro mis ojos, mis recuerdos me atormentan, mi historia me golpea. Y las miles de almas comienzan a aparecer. Comienzo a caminar en un mar de cuerpos muertos, un hedor putrefacto me asquea, un hedor vomitivo…. El fétido aroma de la muerte cala muy profundo en mis huesos.
Y vuelvo a despertar, para encontrarme con la realidad. Vuelvo a despertar, una vez más. Me encuentro caminando entre mortales, apurados, agitados, estupidizados. Aquellos que miran como todo sucede casi sin pestañear, casi sin entender lo valioso de ser humano y mortal. Casi pensando que son eternos, y deseando serlo. Casi sin disfrutar del dolor, del amor, del fracaso y del éxito. Casi sin darse cuenta que caminan rodeados de muerte, y que a cada instante están expuestos al final.
Camino entre ellos, viendo el vacío en sus ojos. Leyendo el vacío de sus almas, como paginas en blanco esperando a ser escritas. Sus pasos retumban en el vacío de sus huecas vidas. Sus miradas perdidas en la multitud, no valen nada. No ven, no observan. Son ratas, miles y miles de ratas, que se mueven al son de los intereses ajenos. Despedazándose mutuamente por un poco de la falta sensación de éxito, de victoria, de gloria. No ven más allá de sus propias narices, de sus limitaciones. Y van, una y otra vez, como zombies, entregados, devorados por seres igual de despiadados que ellos. Seres a los que admiran, creyendo que alcanzaron la grandeza de la condición humana. O seres a los que odian y desprecian, a los que combaten sin tregua, a pesar de ser una batalla perdida. Y yo, sigo observando, con melancolía y tristeza, como desperdician la belleza de la vida. Como se conducen a la muerte.
Muchas de esas almas terminaran injustamente en mis manos. A pesar de ser animales estupidos, no merecen esos finales abruptos. No merecen morir por las causas en las que creen creer, por las que mueren en vano. No merecen ser un número mas en las filas de los sádicos lideres que atraviesan la historia. No merecen morir por el odio racial o ideológico de unos pocos perversos que manejan el poder. Es ese poder el que los corrompe, el que los consume, el que los lleva a hacer las peores atrocidades.
Pero siguen… uno tras otro caen a mis manos. Mis manos que se ven manchadas de sangre inocente.
La historia me regalado la triste capacidad de recordar miles y miles de eventos. De estar involucrado en esos hechos que marcaron un antes y un después en la humanidad. Pasan las vidas de muchos, pasan sus muertes, sus recuerdos, amores, odios, y vivencias. Pasan y seguirán pasando por mis manos. Miles de sueños truncos, esperanzas destrozadas, amores abandonados. Todos en mis manos, en mis recuerdos. Todas y cada una de las almas dejan en mí una huella. Y cada recuerdo, revive en mí. Todos los amores, los sueños, los deseos y las esperanzas que no se animaron a vivir, cobran real importancia luego de morir. Y quedan atrapados por el miedo, por la negación, por no renunciar a todo eso. Atrapados entre el plano terrenal y el mas allá. Gimiendo, llorando, sollozando, temblando y gritando en mis oídos. Suplicando, una nueva oportunidad. Y yo debo velar por su muerte.
No puedo liberar sus almas perdidas, que no comprenden su muerte. No puedo explicarles que fueron asesinados, que se les quito a la dicha de la vida y que deben seguir su camino al cosmos, a la energía sideral de donde todas las almas provienen y en donde terminan su viaje terrenal y físicos. No puedo hacerles entender que su etapa corpórea ha concluido, por los deseos y las ambiciones ajenas. Y quedan atrapadas… y yo quedo atrapado con ellos. En sus sueños…
He visto caer imperios enormes, los que han derramado más sangre que cualquier otro motivo de muerte. Imperios, ideologías, odio racial, diferencias políticas, han matado tantos humanos, han destrozado tantas vidas como lo ha hecho el destino mismo. Pero las vidas devoradas por el destino, por la muerte natural, logran morir en paz. Su ciclo se ha cumplido, nadie les ha robado su existir. Nada ha quedado inconcluso. De modo que sus almas vuelven al cosmos para formar parte de la energía sideral.
Algo muy diferente les espera a las ánimas que fueron aniquiladas por los deseos egoístas de los seres humanos. Aquellas muertes generadas por las guerras, las masacres, los genocidios, las ideologías y la xenofobia. Esas muertes en vano, quedan expuesta al sufrimiento. De esas ánimas debo encargarme. De que logren encontrar la paz, entender que han muerto y dejar de intentar volver al plano terrenal. Que encuentren el camino hacia la libertad, que vuelvan a ser uno con el universo. ¿Pero como hacerlo? ¿Cómo abandonar todos sus sueños y deseos? ¿Cómo comprender que les han robado el derecho a vivir? ¿Cómo entender que son producto de la exterminación, del egoísmo, del odio, de la discriminación?
He visto en los ojos de los tiranos, de los sádicos, de los asesinos. Y no vi nada. Un gran vacío, un anhelo de satisfacción inconcluso. Las ánimas de esos seres despreciables nunca encuentran el camino y se pierden en lo profundo del infierno. Pero en su camino a la muerte, devoran vidas ajenas, sin impórtales nada mas que su propio beneficio.
El anima de Hitler y sus fuerzas militares, Galtieri, Massera, Pinochet, el papa Lucio III, Inocencio IV y otros papas durante la inquisición, los turcos responsables del genocidio Armenio, y cientos de tiranos. A todos ellos, los he visto a la cara, he visto el vacío en sus almas. Sabia de todo el mal que podían causar, pero no era mi labor aniquilarlos. Mi desesperación era enorme. Realmente deseaba llevarme estas almas lejos de la humanidad. Deseaba liberar a los humanos de las atrocidades que estos perversos estaban dispuestos a llevar acabo. Pero no podía hacerlo…. El destino tenia otra cosa preparada para ellos. Aunque ese destino no evito las millones de muertes, y todo el dolor que causaron. No evito que yo tuviera que caminar por campos minados de cuerpos muertos, que viera el dolor en los ojos de cientos de niños que morían frente a mi, que sintiera el pánico que siento un soldado al ver a su compañero morir, que me invadiera la angustia al encontrar una madre embarazada muerta, que sintiera un odio irrefrenable contra los mismos humanos que debía llevarme. El destino no evito que cada día que cierro mis ojos el dolor me inunde cada rincón de mi cuerpo, que escuche los sollozos, que inhale el aroma de la muerte.
Mi camino es siempre oscuro, siempre un camino de muerte, de dolor. Un camino eterno, con un horizonte lejano e inalcanzable. Cansador, triste, lúgubre. Un camino sin final para mi, porque a pesar de ser la muerte, no muero. Mi camino es el camino de un asesino celestial. El asesino celestial.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario